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martes, 27 de septiembre de 2016

LA BUENA SUERTE CON SONAJAS, CASCABELES Y SONAJEROS

 
Es muy común emplear en las limpias de negatividad sonajas o sonajeros agitándolos alrededor de la persona para que el poder de su sonido y de los elementos con que está formado actúe sobre el aura y la limpie de malos efluvios.  Suelen ser de diversas formas y tamaños y estar confeccionados con calabacitas rellenas de semillas, aunque según cada creencia y país de origen, cambian las formas, tamaño y preparación. Su origen está en infinidad de culturas pero en todas coincide su uso, liberar y limpiar las energías negativas y atraer la buena suerte.

Bajo su cándida e inocente apariencia de juguete sónico, el sonajero esconde todo un pensamiento mágico transmitido a través de generaciones por la tradición oral popular.

Este objeto, que forma parte de los primeros años de la vida del niño y coexiste, en su indumentaria y quehacer diario, con otros elementos profanos y cristianos de protección, le entretiene, le alivia, ejerce de atributo profiláctico, lo identifica a ojos de los demás y contribuye a transmitirle fuerza y valor.

Su vinculación con los amuletos hace que sus orígenes sean tan antiguos como el hombre y existen referencias desde el Neolítico.

Los primeros que se conocen, calabazas secas, esferas de arcilla, cáscaras de coco, huevos de ave y conchas de molusco rellenas de piedrecitas o con cuerpos percutores independientes fijados a un soporte, servían para alejar a los malos espíritus gracias al ruido que producían al girarlos y moverlos.

Sacerdotes y chamanes los utilizaban en los momentos donde las sociedades primitivas eran más vulnerables a la agresión como el nacimiento y la muerte.
 
Aristóteles atribuye el invento al filósofo y astrónomo Arquitas de Tarento pero se conservan numerosos ejemplos descubiertos en tumbas infantiles egipcias, anteriores al Imperio Nuevo y datados en torno al año 1360 antes de Cristo, que presentan formas animales, carecen de partes puntiagudas y vienen acabados en arcilla pintada.

En esta civilización aparece también una variante temprana, el sistro, un instrumento musical sagrado, con diseño de aro y herradura, que se tocaba en las danzas y en el culto de la diosa Hathor.

Desde la Edad del Bronce se implantó la creencia de que el tintineo del metal y el timbre agudo de las campanillas, así como el sonido de los címbalos y el golpear de varillas y martillitos, ahuyentaba a las fuerzas malignas.

Las culturas mediterráneas (fenicios, griegos, romanos…) emplearon diversos amuletos para salvaguardar a los más pequeños e indefensos, elementos que se condensan en la Península Ibérica en un compendio de influencias orientales, judías y autóctonas.

En el Medievo, cuando la enfermedad se asociaba al infortunio, el accidente y la desgracia y la práctica médica científica aún no se había desarrollado, madres y abuelas de cualquier condición recurrían a esta medicina alternativa, fruto de la sabiduría y los conocimientos de los ancestros, para proteger a hijos y nietos de estos enemigos invisibles.

Los menores de tres años podían ser atacados por diferentes dolencias y trastornos pediátricos, reales o ficticios, como el cólico del lactante, el hipo, las complicaciones de la dentición, el tabardillo, el aire de gato y el mal de ojo, un encantamiento causado por la venganza, la envidia y el exceso de afecto de personas de vista malévola y ponzoñosa que el pueblo asociaba a brujas, gitanos, mendigos y forasteros.

Bebes e infantes portaban en dijes, cadenas y ceñidores, prendidas al babero y el gorro, colgadas individualmente en la vestimenta y escondidas en bolsas de tela cosidas al reverso de las prendas, estas armas defensivas que se colocaban siguiendo un orden y acrecentaban su poder al combinarse, santificarse y bendecirse, ya fuera por contacto sagrado o tras sumergirlas en agua bendita.

En una época caracterizada por la alta mortalidad de madres y recién nacidos -se estima que entre una tercera y una cuarta parte de las criaturas alumbradas con ayuda de comadronas y parteras no llegaba al año de vida- la práctica se generaliza en España a finales de la Baja Edad Media, tal y como manifiestan las pinturas de nobles y príncipes.

Higas de azabache, amuletos lunares, escapularios, corazones, castañas, peces articulados, manos, caracolas, colmillos, cuentas de leche, habas de Santa Lucía, bolas de vidrio y ámbar, puntas de asta, esferas de ágata, piedras de virtud, cruces, ramas de coral, evangelios, garras de tejón, cuernos, medallas de Santa Elena, veneras, relicarios, restos del cordón umbilical, chupadores de vidrio, mordedores, cetros de mano, campanillas, silbatos, sonajas y cascabeles formaban parte de este arsenal tradicional.

Los vástagos lucían siempre que abandonaban sus domicilios todos o algunos de estos complementos -el barroquismo de los cinturones y las cintas mágicas venía determinado por la posición social y los más ricos sumaban hasta una treintena de colgantes-y los había específicos para la primera salida, el bautismo o el alunamiento.

Los últimos siete accesorios citados, que muchas veces se presentan mezclados, conforman la categoría de los sonajeros y cascabeleros, artículos que armonizan sentido utilitario y carácter simbólico.

Divierten, distraen y avivan los sentidos de los infantes con sus brillos, sonidos y atractivos cuerpos, les ofrecen una superficie dura que morder que les alivia al nacer los dientes, mejoran su coordinación y psicomotricidad y les otorgan cierto poder ante los adultos para comportarse de manera alocada y acorde a su condición.

Cualidades compaginadas con sus propiedades escudo para repeler brujerías y prevenir males. Atribuibles a los sonidos que emitía el propio objeto, a la forma, a sustancias contenidas en su interior y a los compuestos utilizados en la elaboración que, al igual que los adornos y su disposición en la pieza, contaban con virtudes adicionales.

Estos productos, muy extendidos en España en los siglos XVI y XVII cuando una pragmática real equipara su precio al de un bien de primera necesidad fijándolo en ocho maravedíes, gustaban por igual a ricos y a plebeyos pero el devenir histórico ha hecho que sólo hayan llegado a nuestros días los más pudientes, proyectados por joyeros y orfebres para los hijos de las familias acomodadas.

Los ejemplares populares, en su mayoría metálicos y algunos artesanales rematados por campesinos y pastores en arcilla, mimbre trenzado, madera labrada y otras materias sencillas, económicas y de fácil acceso, han resistido peor el paso y los avatares del tiempo y las vitrinas de museos y salas expositivas son testigo de esta circunstancia.

Los sonajeros históricos fueron, en líneas generales, realizados en oro, plata y vermeil, materiales nobles considerados regalos de la naturaleza fruto del influjo del Sol y la Luna a los que se asignaban conceptos como pureza, valor, realeza, creatividad y espiritualidad, con ejemplos puntuales acabados, íntegramente o alguna de sus partes, en metal dorado y plateado y azófar, una aleación de cobre y cinc muy habitual en el ajuar doméstico.

Se combinaban con detalles de coral, ágata, cristal de roca o nácar, piedras y gemas asociadas también a los remedios tradicionales y a la medicina cromática, y, a veces, los colgantes de veneras y cascabeles se presentaban en series de cinco y siete unidades en clara alusión a los amuletos pentalátricos y heptalátricos.

Sus diseños zoomorfos, algunos de corte plano, transmitían igualmente bondades relacionadas con los seres que representaban. El león estimulaba el vigor, el lagarto curaba el mal de ponzoña, el pez articulado ayudaba al menor a hablar, el elefante simbolizaba la buena memoria y la sirena contribuía a prevenir la fascinación.

Esta criatura con cola de pez y cuerpo de mujer, que inspira muchos sonajeros embellecidos con esmaltes y manufacturados en Extremadura, León, Cataluña y otras zonas costeras, solía incluir en ocasiones un espejo o catalejo para distraer el mal mirar.

Dentro de estos juguetes hay que diferenciar entre dos grandes grupos, los colgantes, casi siempre proyectados como talismanes, y los concebidos para ser empuñados y manejados con las manos cuyos usos se orientan más hacia el aspecto funcional y pedagógico.

Los primeros abarcan campanillas, cascabeles, cestos de plata, jarros, frutos, piedras, conchas, animales (tritones y delfines con cuernos y caracolas, pavos reales, perritos, grifos, caballitos de mar…), figuras infantiles y otros diseños curiosos con elementos sonoros como clones y trompetas.

Entre los más antiguos sobresalen las pequeñas campanas con badajo, anilla de suspensión y ornato austero presentadas con o sin mango. Se lucían colgadas de la cintura y el hombro mediante cadenas y salieron en abundancia de los talleres y obradores castellanos, cordobeses y malagueños.

Adoptadas por diversas culturas y muy comunes en las monarquías de Felipe III y su sucesor el rey Planeta, pueden agruparse en torno a un aro de hueso o marfil a la manera de mordedor y llevar grabadas inscripciones, motivos florales y vegetales, cruces, adornos de buril y decoraciones variadas.

Por su parte, los cascabeles, presentes en yacimientos ibéricos y celtibéricos, son esferas metálicas ahuecadas con una abertura que contiene otra menor y los que han perdurado reflejan que ofrecieron mayores posibilidades estructurales y estéticas a plateros y obradores, tanto medievales como contemporáneos.

Se facturan aislados, suspendidos sobre cadenitas, monturas metálicas y aros de origen animal, y en múltiples dimensiones y formas (bolas con dibujos calados, aves…), aunque también aparecen en juegos de dos, tres y cuatro unidades y en combinación con campanillas en torno a una estructura común del tipo medalla, lira o florón.

También son frecuentes en el siglo XVIII, cuando culmina el tránsito de la joyería cortesana a los ámbitos rural y popular, los sonajeros de canastos y jarras de plata repujada y de filigrana, que incluían hierbas aromáticas o remedios contra lo imponderable. Muy conocidos en la provincia de Salamanca, mostraban decoraciones caladas y en relieve, y montaban tapas, asas, cadenas y colgantes con cascabeles.

Igualmente, destacan las conchas de peregrino, los payasos, los cuernos de la abundancia, los manojos de espigas, los joyeles amuleto -ciprea- con aditamentos ruidosos y los centrados en sirenas que, a veces, equipan silbatos. En épocas más modernas, es posible encontrar también sonajeros de gatos, niños, uvas, piñas, bellotas e infinidad de temáticas.

En cuanto a las piezas pensadas para ser aferradas, los datos apuntan a que entroncan con los bastones de mando -marotte- culminados por una cabeza o muñeco burlesco y empuñado por comparsas y bufones hace más de seiscientos años.

Niños y locos eran igual de inocentes espiritualmente a ojos del pueblo y esta relación se traslada a los sonajeros de mano que heredan sus rasgos formales y simbólicos.

Los hay casi equivalentes a esos cetros con cascabeles y otros, con veneras y campanas, adoptan líneas más libres y acordes a los gustos de cada zona y periodo histórico mediante representaciones de niños, saltimbanquis, polichinelas, ardillas, conejos, elefantes y formas bulbosas con floripondios y elementos decorativos.


Dentro de este último campo, resaltan también aquellos cuyo cuerpo central se presenta afiligranado, tiene hechuras más abigarradas o responde a influencias de joyería regional y las piezas culminadas con un rosetón circular provisto de silbato, un medallón con querubines, una palmeta y una pareja de peces con la cola entrelazada.

A grandes rasgos, esta clase de sonajeros, entre los que se engloban también los más comunes dotados de un cascabel circular asido a un mango y agujereado con círculos, estrellas y mariposas, tienden a presentar un pito en un extremo, una estructura que concentra el adorno y un asidero alargado -liso, plano, cilíndrico, bulboso y acanalado-de madera, hueso, cristal teñido o marfil.

Por último, dentro de los bastones pero con características específicas, se encuentran los chupadores cromáticos que se venden como elementos singulares y en conjunción con alguna de las tipologías citadas.

De diseño más autóctono, estuvieron de moda con la dinastía de los Borbones y se usaban para prevenir las enfermedades de la vista y aliviar las encías inflamadas.

Cuentan con una barra torneada con o sin colgantes de cascabeles que va unida a una especie de leontina / cadena de eslabones con argolla. El mordedor se forma con cuarzo, ágatas, calcedonias, ámbar, serpentinas, venturina, cristal transparente, coral o asta y los translúcidos pueden incluir adornos interiores que bailan al mover la pieza.

De entre todos los sonajeros analizados, los más específicamente hispanos, además de estos últimos, son las esquilitas, las cestas y jarros, los amuletos joyel, las sirenas, los cetros florales y las unidades con vástago con cuerpo de medalla, lira y cascabel circular.

Durante las dos últimas centurias la fabricación de sonajeros experimenta importantes transformaciones con la era de la producción seriada y la juguetería industrial.

La modernización de los modelos manufactureros, plasmada en la implantación de nuevos procesos, técnicas y materiales, y el florecimiento de pautas de consumo masivas alentadas por la burguesía urbana destierran de forma progresiva la elaboración manual que, a duras penas, subsiste ante la invasión de artículos importados de vistosa factura y menor precio que los artesanales.

Talleres y compañías extranjeras, ágiles y flexibles, entre las que predominan las francesas, las germanas, las estadounidenses y las británicas, lanzan al mercado sonajeros huecos de toda índole, en plata fundida, repujada, troquelada y cincelada y después en alpaca blanca, plata alemana, metales chapados, acero, hierro, hojalata, compuestos plásticos, pasta dura y baquelita.

Los obradores nacionales siguen replicando modelos antiguos -algunos diseños clásicos perviven hoy en día en los juguetes que enarbolan nuestros bebes-aunque los usos y la modas, caprichosos y variables, les obligan a introducir formas innovadoras en línea con las tendencias estilísticas europeas como los personajes de apariencia oriental.

En el XIX todavía se ven sonajeros colgantes de plata y vermeil, construidos en torno a placas de santos, centauros, delfines y gallos, pero las campanas se presentan ya sin cascabeles de cordoncillo y el sobredorado y las cadenas pierden relevancia.

En los inicios del último siglo los moldes tradicionales, adaptados a los gustos imperantes, conviven con los más jóvenes y novedosos.

En la producción nacional destacan los cetros de plata baja con remate de silbato, anilla de suspensión, mango de nácar y cuerpos periformes y de conchas, frutas, espigas, rosetas, conejos y figuras femeninas en torno a un espejo con campanillas.

Hay también variaciones que incorporan vástagos de madera con molduras, eliminan el pito y optan por áreas centrales compactas ornamentadas con orlas de sogueados y aljófar en torno a una piedra de madreperla.

Estas formas se combinan con las unidades, con o sin aro, de veneras, payasos, cuerpos de infantes y animales, con las campanas exentas, aplanadas ornamentadas con tiernos motivos de corderos y abejas y con los grandes cascabeles con la inscripción Bebe y los ovalados y de cruz con imágenes de la Virgen del Pilar.

Por último, están también las esferas caladas, con o sin mango, que giran sobre un eje unido a un semicírculo, el modelo más común en los tiempos modernos junto a la figura antropomorfa o zoomorfa dotada de argolla.
 


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